Destellos de sentido

Juan Miguel Yago. Doctor en Ciencias Químicas.

Como en años anteriores, las coloridas ráfagas del espectáculo piromusical anunciaron sobre nuestras cabezas el cierre de la Puerta de Hierros. Sus brillantes trazos sobre la pizarra del cielo albacetense escribieron los títulos de crédito de la Feria de 2017.

Me sucede que, más allá de la emoción que despierta la conjunción de música y luz, no puedo evitar sobrecogerme ante el eco de las inimaginables explosiones cósmicas cuyos restos son visibles en los brillantes colores que iluminan la noche.

Desde antiguo el hombre aprendió que, añadiendo distintas sales de algunos metales a la pólvora de los artefactos, se podían obtener distintas tonalidades. Así, el color rojo resulta de emplear compuestos de estroncio, el naranja de sales de calcio, el verde por adición de compuestos con boro o bien sales de bario, etc. Estos metales al calentarse emiten luz en distintas partes del espectro electromagnético. Por ejemplo, el sodio emite con mucha intensidad en dos frecuencias correspondientes a la parte amarilla del citado espectro, por lo que la luz que percibimos es de este color.

A pesar de nuestra familiaridad con estos metales, su origen no está ni en nuestro planeta ni tampoco cercano en el tiempo. Salvo el hidrógeno y una parte del helio, que se formaron en el proceso de enfriamiento del Universo tras el Big Bang, el resto de elementos se originaron tras violentas explosiones estelares. El agotamiento del combustible de estrellas algo más grandes que el Sol genera procesos que crean los elementos hasta el hierro y los lanza al espacio. Los elementos más pesados, como el estroncio o el bario citados anteriormente, se crean en supernovas de Tipo II, a partir de estrellas cuya masa es entre 15 y 20 veces superior a la del Sol. Los átomos de estos elementos arrojados al espacio se pueden acumular en estrellas en formación, pasando a su composición química y si hubiere, a la de los planetas de su sistema, como es nuestro caso. La muerte de probablemente más de una estrella en la vecindad de nuestro Sistema Solar nos ha proporcionado el material del que estamos hecho nosotros mismos, el sodio y calcio de nuestros fuegos artificiales del final de la Feria y el hierro de nuestras herramientas entre otras cosas.

Esta dinámica de la evolución del Universo evoca en mí el discurso de Jesús hacia el final de su vida; “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). Estas palabras han sido una fuente inagotable de esperanza y consuelo durante generaciones y todavía hoy nos retan a la búsqueda del sentido de nuestra vida, mientras sobre nosotros se extinguen las últimas ascuas sofocadas por la oscuridad de la noche.

Publicado en la “La Tribuna de Albacete” el 23 de septiembre de 2017.

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