Aniversario Summorum Pontificum

Juan Pablo L. Torrillas.

El 7 de julio de 2007, durante el tercer año de su Pontificado, el Papa Benedicto XVI dio en Roma, en San Pedro, la carta apostólica en forma de Motu Proprio Summorum Pontificum. Los principales actos conmemorativos de este X Aniversario se celebrarán (D.m.), del 14 al 17 de septiembre en Roma; asistirán, entre otros, los arzobispos Georg Gänswein o Guido Pozzo, y también los cardenales Carlo Caffarra, Burke o Robert Sarah, éste último Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Será una ocasión sin igual para peregrinar hasta la tumba de San Pedro y conmemorar tan importante documento para la Misa conocida como tradicional, en latín o de San Pío V.

¿Qué es este Motu Proprio y por qué es tan importante? Una respuesta breve sería que, mediante dicho documento, Benedicto XVI “autoriza” (realmente nunca se abrogó) la celebración de la Misa como se venía celebrando desde la promulgación del Misal Romano por San Pío V (1570), y nuevamente por San Juan XXIII (1962), hasta la reforma litúrgica llevada a cabo por Pablo VI (que prohibía la celebración de la Misa según el rito anterior), que desembocó en el nuevo Misal de 1969. Autorización importantísima, pues con ella se pone de manifiesto que un Rito (hoy extraordinario) que fue camino seguro de santidad durante siglos, no puede convertirse repentinamente en una amenaza, si la fe que en él se expresa sigue siendo válida.

La celebración hoy de la Misa de siempre, en latín, ad orientem, y con la misma orientación del sacerdote y de los fieles hacia el Señor, sigue viéndose con recelo por distintos sectores de dentro y fuera de la Iglesia, que ven en ella “un paso atrás” (no se sabe muy bien respecto a qué). El cardenal Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe en el 2002, nos avisaba que: “También es importante para la correcta concienciación en asuntos litúrgicos que concluya de una vez la proscripción de la liturgia válida hasta 1970. Quien hoy aboga por la perduración de esa liturgia o participa en ella es tratado como un apestado, aquí termina la tolerancia. A lo largo de la historia no ha habido nada igual, esto implica proscribir también todo el pasado de la Iglesia. Y de ser así ¿cómo confiar en su presente? Francamente, yo tampoco entiendo por qué muchos de mis hermanos obispos se someten a esta exigencia de intolerancia que, sin ningún motivo razonable, se opone a la necesaria reconciliación interna de la Iglesia.”

¿Por qué no aplaudir la riqueza que supone para la Iglesia las dos expresiones de la “Lex orandi” (vetus ordo y novus ordo), que en modo alguno inducen a una división de la “Lex credendi” (“Ley de la fe”), ad maiorem Dei gloriam?

Publicado en la “La Tribuna de Albacete” el 26 de agosto de 2017.

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