Sucumbiendo a la verdad

Esther Herencia López.

Es una obviedad que en nuestro mundo los muertos no resucitan. Por ello se han pretendido explicar los datos relacionados con la resurrección de Jesucristo, partiendo de presupuestos naturales que intentaban encajar este hecho sobrenatural en las limitadas posibilidades del conocer humano, desembocando en conclusiones que hablaban de una conspiración, de su carácter espiritual (no corporal), o que atribuían al mismo “la categoría” de alucinación compartida, desmintiéndose en cualquiera de los casos su historicidad.

No obstante, entre las manifestaciones (comprobadas con arreglo a los cánones de la investigación histórica), que actúan como indicios de la resurrección de Jesús de Nazaret, algunas resultan tan concluyentes, que hacen menos verosímiles las hipótesis naturalistas alternativas de la resurrección que la propia resurrección, complican la labor de encontrar una justificación reflexiva y coherente sino es invocando el maravilloso acontecimiento y, por ello, abren de par en par las puertas a la fe.

Porque, junto al hallazgo de la tumba vacía y a las apariciones de Jesús en momentos y lugares distintos y a personas distintas, difícilmente puede dejarnos indiferentes el vuelco radical que da la vida de los apóstoles a partir de la resurrección, la cual viene a marcar una línea divisoria en sus existencias. Antes de la resurrección huyen, se esconden, sienten miedo. Después de unas semanas salen a comunicar que se han encontrado con su maestro y se empeñan en sacrificarlo todo por Él. Y reparando en el contexto extremadamente hostil en el que esa determinación se desarrolla (voraces persecuciones, torturas, destierros y penas que terminaban con la vida de los “sediciosos”) podríamos calificar el vuelco además de radical, de extraordinario.

No menos interés encierra una observación psicológica de singular relevancia, en íntima conexión con lo anterior y es que, a pesar de que en nuestro mundo los muertos no resucitan, los testigos se muestran indómitos en su decisión de comunicar que han visto a Jesús vivo. Se puede, con insuperable coraje, morir por unas creencias firmemente arraigadas, pero por una mentira…., debemos dudarlo.

A fin de cuentas la vehemencia de los apóstoles, su apasionada obstinación en continuar anunciando la noticia incluso después del encarcelamiento y la tortura, lejos de ser expresivas de una suerte de fanatismo colectivo que acabó llevando al martirio a un número imposible de calcular, vienen a insistir en la realidad del suceso más prodigioso y trascendental que jamás haya acaecido, y a descubrirnos que esos heraldos de la resurrección, simplemente, habían sucumbido a la verdad.

Publicado en la “La Tribuna de Albacete” el 22 de abril de 2017.

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