Un kilómetro más

Pedro Ignacio Glez. Camuñas. Cirujano.

La sabiduría popular sintetizada en el refranero, afirma: “el que no llora, no mama”. Los sucesos públicos exhibidos en informativos, programas televisivos… promueven y suscitan esta actitud combativa. La queja y protesta en sí misma y no tanto por los argumentos que la sustenta. Sin apreciar el cambio, mudamos nuestra piel, por otra más áspera, fundamentada en el “no hay derecho”.

Las negociaciones en los acuerdos de la estiba, el reparto de los presupuestos por autonomías… son ejemplos actuales del “qué hay de lo mío”.

Prosiguiendo este camino, impresiona confinarnos a lo que nos concierne, y por ende encorsetarnos en nuestros privilegios perpetuados.

Reclamaciones, quejas, demandas… se nos ha inoculado el germen que es sano protestar, única y exclusiva manera de transformar las cosas y poder ser atendido- y tal vez sea la manera más inmediata.

Esto puede que esté bien, no contradiré lo legítimo de lo solicitado. Sin embargo da la sensación, al ver sólo nuestro punto de vista, que provoca una mustia disposición, ajada y triste.

Me viene a la cabeza el controvertido consejo evangélico que afirma haber mas alegría en dar que en recibir. Antítesis de la contemporánea doctrina hedonista y consumista. O el que promueve vivir la gratitud, cuando renunciamos a realizar exclusivamente lo pactado y nos alienta a doblarlo.

Considero que la vida es como una estructura con las tres conocidas dimensiones. La longitud son los años y no podemos determinar.

La profundidad depende de las capacidades innatas, valores adquiridos e intensidad de sus momentos. Y la anchura, cuya medida sí escogemos, porque la anchura de la vida es la generosidad con la que vivimos y las ganas de amar que tengamos. Ensanchar nuestras vidas es tratar de vivir por encima de lo obligado y de lo justo.

Si haces las cosas sólo porque están mandadas, te conviertes en esclavo.

Si te limitas a responder a tus obligaciones, vivirás con las alas recortadas.

Si haces un bien pensando en la recompensa, lo convertirás todo en mercancía.

Si trabajas sólo en lo que te pagan, te condenas a la mediocridad.

Por lo que sí parece una recomendación para alcanzar la felicidad, liberarse de lo mínimo, incluso renunciar a “tus derechos” con tal de favorecer o auxiliar al de al lado. Tal vez sea este el secreto de la felicidad y no en experiencias empaquetadas o en pastillas expendidas.

Decidir ensanchar nuestras vidas, nos enreda en un propósito laborioso y afanosos, con tal de favorecer un cómodo entorno compartido con los que nos rodean.

Esta magnanimidad nos complica pero también nos eleva el ánimo: la maternidad, el voluntariado, la investigación… Son ejemplos de renuncia.

En definitiva dejar de estar “en-sí-mismado” y pasar a estar “en-tu-siasmado”.

Publicado en la “La Tribuna de Albacete” el 8 de abril de 2017.

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