La alegría del amor

Pedro Ignacio Glez. Camuñas. Esposo y cirujano.

La semana pasada se publicó la exhortación Amoris Laetitia. Quiero ensalzar su título- la alegría del amor.

En tiempo de los primeros cristianos, según la crónica de los Hechos de los Apóstoles existía una característica que llamaba poderosamente la atención de todos: la alegría.

Tal vez en aquella sociedad, donde surgió la primera comunidad, también escaseaba la alegría, aunque seguro que no los placeres.

No es difícil comprender por qué estaban alegres en esos primeros tiempos. Estaba muy cercano el paso de Jesucristo entre ellos. Al reunirse en la Eucaristía, tenían el recuerdo reciente de Jesús bendiciendo el pan y repartiéndolo. También estaban alegres porque habían visto grandes prodigios y eran testigos fieles de las maravillas que había hecho Dios.

Hoy, ya no es tan fácil encontrar la alegría. De hecho, se ha vuelto más bien excepcional. Todo el mundo suele ser áspero, impaciente, a veces duro y no nos extraña conocer a gente con amarguras y rostro disgustado. Esa especie de penosa desesperación que se ve en la calle se ha convertido en algo habitual.

Los medios de comunicación y de ocio, nos saturan de malas o vanas noticias. Tal vez por estrés, por las crisis que se nos “vuelcan”, por la esclavitud a horarios vamos alterados a todas partes. Socialmente se nos arraigan actitudes y ademanes generalizados.

A discusiones públicas, mentiras y acusaciones constantes y mutuas nos estamos acostumbrando.

Hoy en la alegría interior como en el amor hay un misterio, nos sorprende.

Tal vez hoy más que nunca apreciamos a la Alegría como una característica de las personas santas.

Muchas personas veían perplejas a la Madre Teresa de Calcuta con su sonrisa y alegría que salía del alma mientras dedicaba sus cuidados a los menesterosos y enfermos que todo el mundo rechazaba. Es sorprendente y estimulante encontrarnos con estos ejemplos que nos motivan.

La alegría también es contagiosa, porque es deseada, motivo por el cual puede ser un arma sutil. Nadie nos acusará por llevar la alegría a una reunión, a la oficina, al mercado…

El testimonio de la alegría es convincente, porque es directo, saludable, deseado y abnegado por haber puesto los problemas en un segundo lugar.

La alegría es propia de los enamorados. Cuando alguien pasa por ahí canturreando y con una sonrisa en los labios, con un semblante pacífico, pensamos fácilmente “ah, son las cosas del amor”. Pues los católicos tenemos muchas y muy buenas razones para tener esa alegría propia de los enamorados: ¡somos hijos de Dios, Cristo ha resucitado!

Y hablando de enamorados, esto es también lo que el papa Bergoglio nos incita a ver en su último documento.

La alegría de la familia, el deseo de amar que llevamos programado es superior a la patente crisis del matrimonio. El deseo de familia permanece vivo. Así entendemos que si está el matrimonio en crisis, y por tanto la familia, célula social, por ende lo estará la sociedad.

Razón por lo que habrá que cuidar, mimar, discernir , acompañar, reparar esta célula social. Y sobre todo: ¡manifestar con júbilo la alegría del amor!

Publicado en la “La Tribuna de Albacete” el 16 de abril de 2016.

Amoris Laetitia Francisco

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