La bendición de la Navidad

Victoria Llopis.

“No comprendo por qué vivimos”. Ésta es la gran cuestión de la existencia. Es posible recorrer todo el propio tiempo sobre la Tierra sin jamás hacerse conscientemente esta pregunta, que todos los días el corazón te repite, que cada evento vivido te susurra. Si miramos superficialmente, parece una pregunta que se hacen las personas que sufren. Pero también llegamos a conocer a muchas personas que dentro de pruebas tremendas, de enfermedades durísimas, viven con una rara luz en sus ojos y en su corazón, sabiendo muy bien cuál es el sentido y el valor inmenso de la existencia. A tí que te haces preguntas, te deseo el encontrar y conocer a Aquel que es el sentido de la vida de cada uno, a Aquel que es “el más bello de los hijos de los hombres”, como la Escritura habla de Jesús. Porque es para encontrarnos con El, para conocerlo y amarlo, para lo que hemos nacido, para lo que hemos sido deseados desde la noche de los tiempos. Es El quien, cuando nos abatimos por el dolor, se acerca y te dice “¡no temas, Yo estoy aquí”. El es el que carga sobre su espalda nuestros pesados fardos.

En Navidad no celebramos el nacimiento de un gran hombre como hay tantos, ni tampoco simplemente el misterio de la infancia; si no tuviéramos otra cosa que celebrar más que el idilio del nacimiento y del ser niño, al final no nos quedaría idilio alguno, porque al final sólo nos queda el eterno morir y devenir, y se puede llegar a preguntar si el nacer no es propiamente algo triste, puesto que al fin y al cabo no conduce sino a la muerte. Por eso es tan importante que aquí realmente haya sucedido algo más: la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros. Ha sucedido lo tremendo, lo inimaginable, y sin embargo al mismo tiempo lo siempre esperado, y hasta lo necesario: Dios ha venido a nosotros. Se ha unido al hombre de forma tan indisoluble que ese hombre es verdaderamente Dios de Dios, pero sigue siendo verdadero hombre. El eterno Sentido del mundo ha llegado a nosotros de forma tan real y verdadera que se lo puede tocar y mirar. El Sentido se vuelve a nosotros, es una palabra, una interpelación que se nos dirige; el Sentido nos conoce, nos llama y nos conduce. A muchos les puede parece que es demasiado bello para ser verdad; no queremos creer que la verdad sea hermosa. El vino como Niño porque no quiere nuestra capitulación sino nuestro amor; quiere liberarnos de nuestro orgullo para así hacernos verdaderamente libres. Por eso, dejemos que la alegría de este día de Navidad penetre en nosotros. No es una ilusión; es la verdad. Y la Verdad es buena. Y encontrarla hace bien al hombre.

¡Feliz Navidad!

Publicado en la “La Tribuna de Albacete” el 20 de diciembre de 2014.

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