Una canonización inolvidable

Juan Pablo L. Torrillas

Roma vivió el fin de semana pasado una gran fiesta, repleta de alegría, colorido y oración. La canonización de los papas Juan XXIII y Juan Pablo II congregó en la capital de Italia a cientos de miles de personas llegadas de múltiples países de los cinco continentes.

Una fiesta, porque se proclamaba santos a dos grandes papas. Juan XXIII, el Papa Bueno, tuvo un pontificado breve (1958-1963) pero intenso. Humeantes aún las cámaras de gas de los campos de exterminio nacionalsocialistas, y en plena guerra fría, redactó dos encíclicas que marcaron el papel de la Iglesia católica en el mundo actual: Mater et Magistra (Madre y Maestra, 1961) y Pacem in Terris (Paz en la Tierra, 1963). Juan Pablo II, el Papa viajero, el Papa incansable, dejó un legado tan intenso y fructífero que aún hoy es difícil de asimilar. Como Vicario de Cristo en la Tierra (1978-2005), puso en el centro de su labor la defensa a ultranza de la dignidad de la persona. Ahí tenemos sus encíclicas Laborem Exercens (Ejerciendo el trabajo, 1981), sobre la dignidad del trabajador, o Evangelium Vitae (El evangelio de la vida, 1995), sobre el valor y el carácter inviolable de la vida humana. En nuestro recuerdo queda esa multitud de fieles que al grito de “Santo Subito” (santo ya) se concentraba en la plaza de San Pedro el 2 de abril de 2005, ante la noticia de la muerte del Papa polaco.

Alegría, porque fue la tónica general de todos los fieles llegados a Roma, destacando la aplastante asistencia de jóvenes que, con su música y sus cánticos, “la montaban” en esas horas previas a la canonización.

Colorido, resultado de la múltiple procedencia de los peregrinos, ondeando por todas partes sus banderas, en un ambiente que recordaba la universalidad de la Iglesia católica.

Y oración, pues se puso de manifiesto, y de que manera, ese gran regalo que nos hizo Cristo, queriendo permanecer con nosotros en la Eucaristía. Es digno de mencionar lo ocurrido en la Plaza Navona en la noche del sábado 26 de abril, donde se dieron cita miles de polacos para participar en la Adoración Eucarística, conducida por el que fuera secretario de Juan Pablo II durante cuarenta años, el cardenal arzobispo metropolitano de Cracovia Stanislaw Dziwisz. La complicidad entre el pastor y sus ovejas, el amor allí manifestado del pueblo polaco a Cristo, su devoción, admiración y agradecimiento a Juan Pablo II, y la emoción con la que interpretaron bellas melodías litúrgicas, no dejaron a nadie indiferente. Aún tengo el vello de punta.

Éste ha sido, sin lugar a duda, además de un acontecimiento histórico, una canonización inolvidable. Todo un acierto del Santo Padre Francisco que bien merecen los ya santos Juan XXIII y Juan Pablo II.

 

Publicado en la “La Tribuna de Albacete” el 3 de mayo de 2014.

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